No debemos confundir lo particular,
con el origen.

 

Un buen día, Francisco Varela (Santiago de Chile, 1946–París, 2001) compartió su lectura del mundo actual.

Identificó un mundo marcado por la irrupción del pensamiento global, el cual significó que, en cada una de las culturas, lo que antes eran puntos de referencia relativamente estables, de pronto aparecieron puestos en paréntesis, cuestionados. Se dijo: “no, si eso es pura idea local, ahora debemos pensar en términos internacionales, en lo que es válido para sacar y exportar; e importar lo que viene de afuera”. Generándose, en el plano cultural, un fenómeno concomitante de la pérdida de esa capacidad de reflexión desde un lugar; la noción de lugar, de hogar, en un sentido casi metafísico, ontológico, constitutivo del ser humano de vivir en una parte. Esto produce, a su vez, un sentido de nihilismo (en la forma usada por Nietzsche, que es la pérdida de los valores), que da origen luego a fundamentalismos, a manifestaciones en las personas de dogmatismos intolerantes.

Se requiere, por tanto, crear un pensamiento que recobre la posibilidad de tener un punto de referencia, tener un lugar de origen. Pero, que no sea un lugar de origen parroquial. Es decir, que sea capaz de tener una visión universal, una visión global, y al mismo tiempo recupere las raíces y la tierra donde uno está.

Kitaro Nishida (Ishikawa, Japón; 1870-1945) inventó toda una filosofía de lo que él llamaba, usando un término japonés, Basho: una mezcla entre lo que uno podría llamar tierra, hogar, base material y espiritual.

Y este pensamiento de Basho, sin embargo, no es para nada los valores en el sentido de “lo japonés” o “lo chileno”. Implica que la experiencia humana siempre parte de lo que es su experiencia vivida. Y desde allí y solo desde allí puede globalizarse. Esa manera de entender el Basho, que supera el parroquialismo y se abre al pensamiento planetario, pasa por re-entender las raíces de lo que uno es como ser humano, por el redescubrimiento de nuestra experiencia. En cierta manera, por lo tanto, y paradojalmente a lo mejor, el futuro cultural pasa por un reencantamiento de lo que es la vida espiritual. La vida espiritual entendida como la constante revalorización de lo que uno vive momento a momento. Porque ahí está la fuente de la vida, no está en las empanadas y el vino tinto, sino en el hecho de que los chilenos, como todos los seres humanos, tenemos una tierra desde donde experienciamos.

Es esta la lectura que inspira Al Aire Libro

En 2009, tras años imbricados en labores editoriales -que buscaron siempre fomentar la independencia crítica frente a los discursos metropolitanos y propiciar, en cambio, la diversidad, el debate y la tolerancia, relevando el conocimiento y la creación locales y de minorías- identificamos la necesidad de construir una alternativa a los paradigmas de impresión offset (altos montos, alto tiraje e insuficiente circulación) y las dificultuosas ediciones artesanales; abocándonos a la edición digital, lo cual implicó menor inversión, calidad técnica y tirajes de circulación efectiva.

Hoy, más de 150 creadores forman parte de Al Aire Libro, lo que implica más de 40.000 ejemplares circulando por el país y lugares del mundo como Argentina, Francia, Inglaterra, Colombia, Nueva Zelanda, Suecia, México, Canadá, España…

Mejorando constantemente nuestra tecnología, abaratando costos y profundizando el sentido colectivo y solidario del trabajo editorial. Esto es: escritores, editores, lectores, críticos, librerías, medios de comunicación, instituciones y agentes culturales.

En tal sentido, junto a nuestros compañeros de las Editoriales Independientes del Bío-Bío, formamos parte de la rica tradición editorial de la Región, una de las más importantes del país, y estamos siempre dispuestos a compartir experiencias editoriales de todos los lugares.

 
Un libro boca abajo se asfixia.
 
Por eso,
 
Al Aire Libro.
 

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