Colección Bestia Mágica se remece con Vientos Trizados, de Sergio Mansilla Torres

Tras un vertebrado tiempo de reencuentros, la Bestia Mágica de poesía circunda el bosque con la inminente publicación de Vientos Trizados, cúmulo de poemas de alta intensidad que llegarán al público lector chileno y mexicano de la mano de Sergio Mansilla Torres, poeta de fuerte conexión con el sur de Chile (nació en Achao, Isla de Chiloé, en 1958 y vivió su infancia y adolescencia en Changüitad, en la Isla de Quinchao), magnífico ensayista y uno de los más interesantes teóricos culturales del Chile contemporáneo. Su última publicación, Sentido de lugar. Ensayos sobre poesía chilena de los territorios sur-patagónicos (Komorebi Ediciones, 2021), llega tras Noche de agua (1986), El sol y los acorralados danzantes (1991), De la huella sin pie (1995 y 2010), Óyeme como quien oye llover (2004), Cauquil (2005), Retratos y autorretratos deformes (2012), Changüitad (2016), Ventanas empañadas (2018) y Quercún (2019).

Sergio Mansilla

SACRIFICIOS HUMANOS

De entre los muchos dioses y diosas

preferiría a aquellos y aquellas que se parecen

a las nubes. De las nubes surgen las dudas,

pensaba, de ahí viene lo que no se puede tocar

pero que se ve, esas intocables manchas de amor

que viajan alrededor del mundo.

Dioses que se perdían en el mar

—un mar de sombras blancas—

y que no quieren morir.

Dioses como arcoíris en el cielo

de una ciudad maligna, en medio

de un fresco gigante de cicatrices emplumadas.

Mejor que lo inunde todo, todo, el mar

(lo piensa, pero no llega a decirlo),

que en la noche la bestia, impávida, arranque

corazones bullendo, los ofrenda a la luna,

se los coma luego a dentelladas. Cada día

los cantos y el vino lo salvan

de la perdición. La pestilencia lo ronda,

los perros cancerberos se pierden

en sus ojos cerrados. Limpia, en sus propias ropas,

el navajón de pedernal de ese líquido rojo y pegajoso

que manó del pecho abierto.

Las manchas se quedan en sus pantalones,

se parecen a un mapa de infierno.

Lástima que sus más amados dioses y diosas

no tengan ningún lugar adonde ir,

salvo dirigirse a su afiebrada mente

de piel reseca y rasgada

de donde manan borbotones de alquitrán.