Prólogo a Los drones previsibles de Argania Inostroza

Argania Inostroza, 

antes conocido como Argania Espinoza, 

en escena con

Los drones previsibles (ediciones delakostra). 

prólogo de 

pi L.

Derribando drones

Desde el alto cielo del que maldice Violeta hasta los bajos de nuestros ánimos quebrados en lo imposible de un horizonte común, la guerra civil aparece hace un buen rato como categoría ineludible para pensar de un modo vitalista las conflictividades del presente. Aquello que pudiera resonar contradictorio, digamos la afirmación de la vida en el conflicto mismo, por el contrario constituye la única condición que no nos exime a cuerpo entero de la tragedia. Es nuestra condición de presencia lo mismo que de agencia. La capacidad de actuar, siempre de manera colectiva, a contramano de las múltiples coerciones que limitan nuestras vidas a la mera reproducción.

Si las formaciones bélicas hasta bien entrado el siglo XX se caracterizaron por el enfrentamiento físico de las fuerzas antagónicas, la mundialización de la guerra (que implica al mismo tiempo la militarización de las esferas de lo cotidiano y la expansión del Imperio a todo dominio civil) nos devuelve a la pregunta fundamental por el valor de la vida. Dicho de otra forma, la guerra civil mundial devela explícitamente la diferencia entre aquellas vidas que merecen ser vividas de las que no, exponiendo la lógica de sacrificio sobre la que se erige cualquier sistema de gobierno. El carácter militar no es sólo inherente a las dictaduras, sino que se presenta como la herramienta principal de toda democracia para paliar el disenso en su interior. Tan evidente como esto es el peligro de intentar franquear la democracia bajo el ideologema abstracto de la paz. Pues como escribe Argania en su libro anteriormente publicado (Dicho de Chile, Ed. Al Aire Libro): “yo no quiero paz en la Araucanía / quiero paz en el Wallmapu / que es bien distinto”.

Por lo tanto, un abordaje poético de la guerra civil en curso, no puede dejar de estar situado de lleno en el dolor de la carne avasallada, como sucede muy de pie en la tierra en La avanzada. Con un lenguaje poético y narrativo, a ratos ripioso producto de los tecnicismos militares y otras cifras, el libro va pergeñando un estilo mutante, en el que deslumbra la encarnación de voces muy difíciles de abordar con justeza, como los «operadores», cuando no imposibles, como la propia voz del dron, que no es una inteligencia artificial autónoma sino el dispositivo de exterminación sin vulnerabilidad del atacante (como dice Chamayou). La sobrecarga de imágenes, la sobreadjetivación, los hipérbaton, títulos y subtítulos muy significantes, todo esto en poemas predominantemente extensos, provoca una sensación de saturación y apunta al exceso, con una rimbombancia bastante latinoamericana. Ante esa demasía de referentes superpuestos, quizás cabría detenerse en lo que «todavía» podemos leer, aun en el cansancio de nuestras retinas inmersas en el vertedero de la industria visual.

Una primera versión de estos poemas circuló en formato fanzine para la primera Feria de Editoriales Independientes del Bío Bío, realizada en el invierno de 2019. Unos meses después, estalló la revuelta en todos los territorios dominados por el Estado chileno, y nos encontramos en el fuego, y nos conjuramos en la noche. La guerra nos fue explícitamente declarada. Más abierta, más brutal, más intensa.

Pero acá donde la genealogía del crimen indica que el terrorismo siempre ha sido de Estado, donde han hecho plenos efectos los manuales de tortura de la «Compañía»; aquí & ahora (como antes, como siempre), están nuestros cuerpos frágiles y sensibles, chocando y palpitando en las calles melancólicas de ardor. Pieles vibrátiles y llamaradas. Lágrimas de odio y dignidad ante los Mowag, en medio de los bosques devastados, que son la Jungla de Tarzán para los encasquetados persecutores de la rebeldía, quienes libran canalla cacería en posición de playstation.

La costra que habitamos de sur a norte rebosa el pus de la venganza, bajo el cual prolifera lo indómito e insospechado que es la potencia de los pueblos. Vientos marinos o cordilleranos nos hacen cariño y anuncian tempestades. El arte de la opacidad se entrena en la amistad con la neblina. Así, las alianzas ancestrales entre humanos y no humanos, formas vivas en la tierra y en las aguas, son capaces de evadir a las máquinas de muerte de la contrainsurgencia. Así también nosotrxs mismxs, con las fuerzas e inteligencias puestas en común discreción, podemos desprogramar sus propias lógicas mortíferas. Porque la falacia angular de la razón imperial es su sed insaciable de control, el apetito voraz de tragarse el cielo. Sin embargo, muerto dios, se atoran solos. Y solos mueren, en la tierra al fin y al cabo.

pi L.

ediciones delakostra

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